Pastillitas de colores

4 jul. 2017

Hacia fines del año pasado, luego de tener confirmada la vacante del jardín de infantes, las terapias completamente organizadas (incluso con el cronograma de verano), la AT viniendo a casa a quedarse con Lautaro unas horas a la mañana para que yo pudiera tirarme en la cama y hacer nada.. pensé que finalmente iba a comenzar a sentirme bien. Más aliviada. Más relajada y contenta. Definitivamente lo grueso de la contención de Lautaro estaba organizado casi por completo. Sólo quedaba lidiar con él diariamente, pero a eso ya casi estamos acostumbrados.

Sin embargo, me sentía horrible. Muy cansada. No me podía relajar. Cada vez estaba más aturdida y más triste.

Me preguntaba: "Realmente no entiendo que pasa. Llegué a un lugar donde me costó mucho (tal vez demasiado) llegar. ¿Qué me pasa que me siento cada vez peor?"

No tuve respuesta. Claro. Por lo menos, no inmediata. Sólo empeoraba cada día. Mi ánimo estaba deshecho y no tenía ganas de nada. Ni siquiera de tirarme en la cama a mirar el techo.

Me sentía confusa, incómoda, con la sensación de que tenía mil cosas pendientes. Y la verdad es que tenía algo pendiente, sólo que no me daba cuenta. Hasta que de pronto, lo entendí:

Finalmente había ordenado todo a mi alrededor para poder caer por completo. Pero todavía no había caído.

Muchas veces he escuchado a la gente decir "Tengo tantas cosas que hacer que no tengo tiempo para enfermarme. Enfermarme o deprimirme es un lujo que no me puedo dar".

Exacto.

Bueno, exacto en cierto sentido. Pero el trasfondo de esto es que enfermarse o deprimirse puede no ser eso necesariamente, sino más que nada, finalmente llegar a un lugar límite en donde en lo único que podemos ocuparnos es de nosotros. Como si hubiéramos preparado la vida a nuestro alrededor para que todos pudieran prescindir de nuestra presencia.

Que todo siga más o menos funcionando, pero que tengamos la posibilidad de salirnos de la escena.

A muchas personas, que son mucho más sabias que yo, esta revelación les llega antes. Es decir... antes de colapsar. Antes de que el cuerpo les ponga un límite. Antes de enfermar. Antes de que tengan que parar porque sencillamente se terminó: no hay más soga.

Bueno. Lo que pasó es que en noviembre de 2016 se terminó para mí. Mi cuerpo me cortó la soga, después de que secretamente le haya dejado el espacio de mis obligaciones casi organizado.

Empecé a tener ataques de pánico. En general, no soy una persona que los haga a menudo, pero alguna que otra vez me ha pasado: esa sensación de adrenalina que sube desde el estómago a la cabeza, un malestar y una debilidad generalizados y la inminente sensación de que voy a perder el control de mi cuerpo y desvanecerme.

Empezaron de a poco. Uno o dos al día la primera semana. Algunos más la segunda. Y para la tercera semana ya tenía unos ocho o nueve ataques de pánico diarios.

Fue enloquecedor. Imparable. Ya no alcanzaba ni rezar ni respirar, ni pensar en otra cosa, ni nada. Habían invadido mi vida y ya no supe más que hacer.

Entonces, llegó el momento en que tuve que tomar una decisión. Una decisión que no quería tomar porque me daba mucho miedo. Y también me daba vergüenza. Y miedo otra vez: hacer una consulta con un psiquiatra.

Mi psicóloga trabaja con un grupo de psiquiatras y el día en que hablamos del tema y le dije "Bueno, hagámoslo" se puso en movimiento de inmediato. Esa misma tarde hablé con Florencia, la doctora, y al día siguiente la fui a ver.

Le dije que necesitaba que apagara el fuego. Literalmente me había prendido fuego. Estaba interferida por completo por un ruido constante que me estaba volviendo loca. El ruido no era audible, pero era masivo.

Era como la permanencia ininterrumpida de un taladro metafórico deteriorando mi capacidad de pensar, de razonar, de respirar.

Lo había invadido todo y me estaba arrastrando. Ya ni sé dónde me llevaba, pero entendí que no podía pararlo sola.

"Sacame el ruido, Florencia" le dije.

¿Por qué no tomé antes esa decisión? Por prejuicio. Por vergüenza. Por ignorancia. Por miedo a estar empastillada toda mi vida. Por miedo a que las pastillas que tomara hicieran todo por mí; yo empezara a funcionar otra vez y ya no pudiera vivir sin ellas.

Por miedo a seguir tomándolas dentro de 30 años.

Florencia me dijo que entendía perfectamente lo que le planteaba, pero que no sólo íbamos a ir de a poco, sino que las pastillas nunca harían algo que yo no fuese capaz de hacer por mí misma. Que lo único que iban a ser era sintonizarme el dial.

No le creí. Pero estaba tan tan desbordada que acepté y a la salida compré la medicación. Llegué a casa y tomé lo primero que me había indicado.

A la media hora logré (creo que por primera vez en estos cuatro años) sentir alivio.

Era yo misma, pero con 500 kilos menos de lo que el autismo de Lautaro me había puesto encima. Y con 500 kilos menos de lo que yo había podido hacer con él.

El tiempo fue transcurriendo. Hace ya seis meses que estoy en tratamiento. Al menos dos que ni noticias de malestar físico ni ataques de pánico. Pude reducir la medicación inicial a un tercio. Me siento más despejada. A veces puedo pensar con claridad. No me enojo tanto. Tengo más paciencia, en especial conmigo. Mido diferente el tiempo y priorizo algunas cosas sobre otras.

Mi casa sigue siendo el mismo lugar caótico de siempre. Y Lautaro y nosotros seguimos sin dormir demasiado, pero a veces puedo sentir que no voy a morir. O que no quiero morir. Puedo dejar de hacer algo cuando veo que va a sobrepasarme. Elijo con más cuidado.

Y pienso que lo que me alejaba de este principio de bienestar era el miedo a lo que pensaran de mí. Es decir... los prejuicios de los demás. Y los míos.

El prejuicio que tenía sobre pedir más ayuda me estaba alejando de todo lo que podía darme más herramientas para sobrellevar esta vida compleja.

Y ahí me dí cuenta que el prejuicio más peligroso era el mío contra mí, que cualquier prejuicio que viniera de otro.


A veces culpamos al enemigo equivocado ;)


14 comentarios:

  1. Todo sea por encontrar el equilibrio, que es más difícil que borrar nuestros prejuicios, que es más difícil que tenernos paciencia a nosotros mismos, que es más difícil que... en fin. Que la vida es una mierda muchas veces, pero no queda otra que encararla y encontrarle la parte que suma, no Sis?
    Te abrazo!

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    1. Sí, claro. Y aguanten las pastillitas ayudadoras!!!!

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  2. Comparto tus palabras y tu sentir es muy difícil … ahora entiendo un poco lo q me pasa también yo también tengo casi todo en caminado con mi hijo … pero hace días q siento q algo falta o algo pasa hasta pensé q había dejado pasar un turno o una terapia y ahora q te leo tenes razón no podemos solas necesitamos quien nos pueda contener … yo también voy buscar esa ayuda … gracias

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    1. Si, si! Hacelo. Muy bien, muy bien!!! Nunca solas. Hay ayuda al alcance de la mano. Beso!

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  3. Gracias por compartirlo, Jesús te bendiga a vos y a tu familia.

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  4. la clave seria entender que necesitamos ayuda, incluso de nosotros mismos, de las trampas que nos ponemos... los pre juicios. Somos nuestros peores jueces. CASI siempre.
    Me alegra MUCHIIIIIIISIMO saberte mas despejada. Que mejor que poder "oir" nuestros propios pensamientos, no?

    un besote preciosa.

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  5. Yo también siento que todo el tiempo estoy pensando "Tengo tantas cosas que hacer que no puedo deprimirme" Y si me deprimo trato de seguir igual. A veces me siento como esos animales de carga que los cargan hasta que se mueren de cansancio y agotamiento. No es mi intención ser tan negativa, pero no lo puedo evitar.

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    1. Hay que buscar ayuda para sentirse menos pesado. No es necesario sentirse mal. Me costó bastante entenderlo.

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  6. Hace un tiempo que pensaba en comentarte que a veces con un hijo neurotipico las cosas son complicadisimas igual. El primer año por lo menos, aun cuando el pibe duerma, se desarrolle con aparente normalidad y sea un niñito feliz.
    No me ajusté fácilmente a la maternidad y el bebé dormía pero yo no podía. No me sentía hábil en la tarea cotidiana, reponía un esfuerzo enorme estar todo el día con él y lavar y limpiar lo mínimo, hacer compras. Nunca podía salir a pasear con él, estaba cansada, no podía disfrutarlo. Angustia, enojo...
    Y una vez por mes crisis, querer escapar de mi marido que no entiende todo lo que me cuesta el día a día y compite y minimiza.
    Después de un episodio lamentable en el que me fui efectivamente dos días de mi casa, mi sicóloga me planteó que quizás todo ese enojo era depresión. Consulté una siquiatra, también Florencia, que se confundió un poco entre lo que yo contaba y el discurso contrera de mi marido (que vino a la consulta, que horrror! Nunca más!).
    Consulté con otra siquiatra y por fin comprensión, antidepresivo, un poco de paz.
    Me parece que yo había visto lo que te pasaba porque algo de todo lo que contabas resonaba en mi experiencia, aún con un hijo que me ayuda un montón.
    La maternidad no es fácil.

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    1. No... ¿qué va a ser fácil? Es muy movilizante, te confronta con cosas intensas, pesadas. Es muy difícil. Muy bien por buscar otra ayuda, poder identificar lo que no servía. Muy bien por no llevar nunca más a tu marido a la consulta :))))))))))))))). Besos!!!!!

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  7. Hola Cintia! Me llamo Romi, soy mama de Beni y Aure, mellizos de 4 y medio con t.e.a.
    Como madre de niños especiales se lo molesto que es que te recomienden cosas, pero estoy viendo muchos videos de The son-rise program y me tomo el atrevimiento de recomendartelo porque es lo primero que me ayuda a poder disfrutar de mis hijos, la primer herramiento que encuentro que nos ayuda a regenerar el vínculo mamá-niño.
    Me siento muy emocionada de poder entenderlos un poco mejor.
    Espero te sirva, me hizo pensar en vos porque me lo acercó Solcito, la mujer de Jairo.

    Abrazos

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    1. Si! Nosotros usamos Floortime! En nuestro caso el vínculo más difícil es el de Lautaro con su papá. Pero van encaminados :)

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